Autor Opinió
30 octubre 2015 a 17:00

La herencia envenenada

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Cuca_SantosaHa pasado el 27-S y el balcón de la Generalitat aún no se ha abierto para recibir al Mesías iluminado, envuelto en la Estelada proclamando solemne y unilateralmente la independencia de Cataluña.

El mundo no se ha parado, ha seguido su devenir el tiempo. Las mareas y los vientos no han sufrido alteración alguna. El otoño se ha asomado con sus lluvias y frescas mañanas como cada año desde que el mundo es mundo.

Cataluña ha votado, y la humanidad no ha tenido el detalle de contener el aliento y parar sus rutinas. Quizá porque el pueblo catalán apoyó mayoritariamente a las fuerzas que no están por la independencia.

Las fuerzas del Junts pel Si se desangran en escaños, pierden apoyos con respecto a la anterior legislatura y rozan el mínimo histórico de la suma de ERC y CiU.

El independentismo, después de 30 años de adoctrinamiento vergonzoso en las aulas, de tener a su servicio, a golpe de chequera, a los medios de comunicación catalanes, a las instituciones catalanas y a una gran parte del tejido asociativo subvencionado, se les sigue resistiendo el 53% de la población. Incluso son conscientes de que en el 47% restante hay quienes han utilizado su voto, más como medio de forzar al Gobierno central a negociar un mejor encaje de Cataluña en España, que como vía para alcanzar la independencia.

Saben que la recuperación de la crisis les restará apoyos y la irritante costumbre de las modas de ser pasajeras hará que otros tantos se apeen del carro independentista.

No va a haber independencia, eso es algo incuestionable, por mucho que sigan deshojando la margarita con la izquierda radical y bolivariana de la CUP. Ver a Convergencia, adalid de la nobleza catalana de las 400 buenas familas de Barcelona, haciendo manitas con los radicales de las sandalias, los piercings y las expropiaciones provoca, cuando menos, inquietud.

Ya no me preocupan las DUI, por mucho que la exaltada Forcadell proclame el nacer de la república catalana. Y lo hace en un Parlament donde desprecia a la mitad de los diputados que lo ocupan, y con ellos a los más de dos millones de catalanes a los que representan.

Desde el nacional independentismo nos han planteado esta cuestión durante años como un enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España. Pero eso es un constructo ideológico, una mentira repetida hasta la saciedad siguiendo el catecismo de Göbbels. El enfrentamiento, hace ya mucho, es entre los propios catalanes.

La fractura, la brecha, la herida por la que se desangra esta tierra es la división de la sociedad catalana.

Durante treinta años sólo se ha escuchado machaconamente el discurso victimista y plagado de falsedades de una parte, esa parte que hoy naufraga en las aguas putrefactas del 3%. La otra parte ha callado o consentido, depende como lo queramos analizar. Pero ahora empieza a tener voz,  a salir a la calle, a asociarse en contra de la secesión.

En la sociedad civil ya no sólo se escucha un discurso. Empresarios, deportistas, representantes de la cultura, entidades…, cada vez hay más catalanes que se atreven a alzar la voz. A pesar del boicot desde los medios de comunicación y las instituciones, su presencia crece y se consolida.

Estos días se habla de declaraciones unilaterales de independencia de romper las reglas, de quebrar las leyes, de violar el Estado de Derecho para forzar la creación de un Estado que sólo se sustentará por la mitad de una población cansada y dividida. Quieren fabricar una mesa con dos patas.

¿Cómo pretenden construir un Estado en contra de la mitad de su población? No debe de preocupar a los secesionistas el reconocimiento de ese hipotético nuevo Estado por parte de los organismos internacionales, sino el reconocimiento del mismo por parte de los ciudadanos de Cataluña.

¿Cómo van a obligar a una mayoría a reconocer un Estado que no quieren, no han elegido y no sienten como propio? ¿Qué harán cuando la mitad de la población no les reconozcan, no acaten sus leyes, ni paguen los impuestos a una hacienda que no han elegido?.

¿Qué pasará cuando en aras de la misma desobediencia civil que ellos proclaman, seamos los que no estamos en la pomada independentista los que ignoremos y violentemos su hipotética Constitución, sus leyes y su Estado de Derecho?

¿Qué piensan hacer los señores del Junts pel si cuando el 53% de la población catalana no les sigan en su caída al abismo? Al día siguiente de su bravuconada la mayoría seguiremos pagando a la hacienda española, ostentando la nacionalidad española y sintiéndonos catalanes y españoles ¿Cómo piensan obligarnos a sentir lo que no sentimos?

Los sentimientos no se gestionan desde un Parlamento, los gestionan los ciudadanos. Y esa es la herencia de Artur Mas, el pueblo catalán debe hacerse cargo de la gestión del odio y el enfrentamiento  entre hermanos, amigos, compañeros, padres e hijos.

Los independentistas del Junts pel si, no han conseguido romper España pero si han roto Cataluña. Triste herencia.

Cuca Santos Neyra

Secretaria General del Partido Popular de Sabadell

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